domingo, 21 de noviembre de 2010

Directo a la basura! -El gazpacho infernal-

Hace más de 7 años y lo recuerdo como si fuera ayer, imaginaos el shock emocional que supuso este directo a la basura. Estábamos comenzando las vacaciones de verano en nuestro retiro particular sanluqueño, las conversaciones fluían sin acritud, las risas hacían acto de presencia y se esbozaba en el horizonte un gran día de verano. Éramos lo que se dice, una familia, pero no de las de verdad sino de esas que se ven en la tele, de esas que desayunan juntas y conversan respetando sus turnos... aquello no duraría.

Era el caldo de cultivo perfecto para desarrollar una buena sesión de cocina. Mis padres habían ido al mercado temprano y se habían traído de lo mejorcito del lugar, un cazón exquisito, unos filetes de atún pata negra y unos langostinos para ponerlos en un altar y rezarles un ángelus.

Pero ninguna de las citadas anteriormente iban a ayudarnos a sofocar el calor que apremiaba con virulencia. Ante esa coyuntura toda la familia anhelaba un refrigerio para sofocar la calufa y el plato estrella de la jornada iba a ser el esperado gazpacho que no por hacerse todos los días perdía el mínimo del protagonismo.

La mesa comenzaba a adquirir forma y el perfume del pescado sobre la plancha acariciaba los rincones del comedor y la terraza. Todo era perfecto. Por fin!! Se precipitaron frías piedras de hielo sobre el cuenco del gazpacho ya terminado. Comenzaron a salir vasos llenos de la mejor faceta que puede adquirir el tomate como si una cadena de montaje se tratase, ese maldito momento prometía ser el mejor instante del día, pero la diosa fortuna prefirió bajar a la playa y olvidarse de una feliz y unida familia.

Cuando di el primer buche y las papilas gustativas adormecidas comenzaron a mandar mensajes eléctricos al cerebro que éste traduciría en fomra de sabor, creí estar en el infierno, sólo faltaba olor a azufre en la sala y unos cuernos de cabra asomando por el fregadero.

Os preguntaréis el porqué de la presencia del maligno en mi bebida. Sencillo, ocurre cuando dos personas cocinan y no existe compenetración o en un instante fatídico se pierde la comunicación por razones inexplicables. Mezclamos una madre despistada y una abuela atenta. En el proceso de elaboración del gazpacho como es normal mi madre le echó la sal necesaria para que fuese una bebida sabrosa, posteriormente mi abuela que es la que normalmente se encarga de esa tarea volvió a hacerlo al no ver a mi anteriormente, pero eso no es todo amigos, mi madre en uno de sus típicos despistes olvidó si saló o no el gazpacho, no entiendo porqué no lo probó, no lo entiendo la verdad, un sencillo acto como coger una cucharita y catar levemente la bebida hubiera evitado una catástrofe culinaria, si amigos, volvió a salar una tercera vez.

Como si de un accidente aéreo se tratase la consecución de pequeños errores desembocó en una calamidad con el correspondiente desgarro de la tónica familiar que por un día parecía ser sacada de un pasaje bíblico.

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