martes, 14 de diciembre de 2010

Directo a la basura! -La Sopa-

By Carolus:

Era un sábado incómodo. La lluvia absorbió todo el protagonismo del fin de semana, y el frío inundaba las habitaciones de la casa, pero todos estos inconvenientes no mermaron mi determinación para, como cada viernes, salir a disfrutar la noche anterior de una buena compañía a los bares y tabernas del centro de la ciudad.

Llegue a casa por la mañana con la tostada de rigor incluida. La noche había sido un completo éxito en todas sus variantes. Solo necesitaba una buena ducha, un pijama cómodo y el calor calentito de mi hogar. Pero fue en el mismo momento de entrada a casa cuando mi esperanza de sábado de recogimiento empezó a derrumbarse. Lo primero que vi al entrar fue un caos. Una caterva de operarios había ocupado media casa para pintar algunos techos defectuosos por el paso del tiempo. Los cuartos de baño estaban colapsados por cubos, escaleras y ventiladores… si, ventiladores. No me preguntéis porque, pero apuntaban al techo, así que intuyo que era para acelerar el proceso de secado de la pintura. Por todo ello, tuve la desgracia de no poder miccionar como todo hombre merece ni darme esa ducha tan ansiada. Pero también, la habitación de los fogones se encontraba bajo el dominio opresor de la brocha y la pintura plástica, y todos sabemos que no hay nada peor que la incomodidad que siempre acarrea el hecho de que la cocina sea una de las partes afectadas por esta irritante reforma. Como tantas otras veces, me entraron ganas de volver a coger la puerta y marcharme de allí, a buscar mi paraíso terrenal.

Pero había que salvar el almuerzo como fuera y me puse manos a la obra, nunca mejor dicho. Observe que, al final de la encimera de la cocina, se encontraba, triste y solitario, un exquisito jamón proveniente del Valle de los Pedroches. Retazos del sol entraban por la ventana e iluminaban su perfil como si el mismísimo Dios me estuviera avisando de su lejana presencia. Inmediatamente prepare toda mi panoplia de armas para atacar a ese manjar. Afilé los cuchillos, aseguré la pata para evitar sustos, limpié los bordes de cortezas e impurezas, y el futuro que se avecinaba era, cuanto menos, esperanzador.

Por otro lado, el cabeza de familia comenzó a preparar, lo que yo catalogaría como la hecatombe culinaria del siglo. Era una sopa, ¡una simple sopa!... No sé que se le pasaría a ese hombre, amado padre e ilustrado tutor, por la cabeza. Una sopa es sencilla: verduras frescas, ciertas especias para aromatizar, y algo de producto cárnico, ave a ser posible, para darle sólido que poder paladear. Pero fue en este elemento final donde el fallo resultó trágico para esta sencilla combinación. No sé porqué, tomo aquella terrible decisión. Cogió un paquete de salchichas de pavo y la cortó en trozos totalmente distintos: finas lonchas, grandes tacos e irregulares cubos de salchicha empezaron a bailar en esa olla, cuya base era perfecta. El color y vista que tenia ese caldo vaticinaban la mayor catástrofe culinaria que he vivido en mi hogar. Queridos lectores, solo os puedo decir que, éste que os habla, se ha llevado a la boca cosas que harían vomitar a una cabra, pero esto… no tiene nombre. Esos tropezones de salchichas de pavo que, en cualquier otro formato hubieran sido una verdadera maravilla para nuestros paladares, resultaban una de las texturas en boca más desagradables que he tenido en mi vida. El olor era nauseabundo y el color permitía intuir que no era un plato de buen comer. Pero lo peor de todo era la imagen de esa olla a rebosar. Ni en el mismísimo banquete de Pankot se hubiera servido tal aberración culinaria.

Menos mal que estaba ese plato de jamón.

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