Es realmente complicado rechazar una invitación con la excusa de 'voy a hacer croquetas', decirle a un amigo que no puedes quedar porque estás caramelizando cebolla o que esta tarde no podrás ir al cine porque estás mejorando una salsa, son razones que pocas personas pueden comprender y mucho menos respetar.
La cocina es la alquimia del pueblo, la parte científica del hombre común, la ciencia del día a día que la rutina puede llegar a convertir en tedio. Y como ciencia que es, puede llegar a recluir al científico entre sus pócimas y cachivaches, separándolo de la hostilidad del mundo exterior que sucede fuera de la cocina.
Modo de prueba y error, teorías milenarias, empirismo en primera persona, lo hacemos sin darnos cuenta, pero es pura química. Reducción, cocción, ácidos, combustión, fermentación, reposo... todos son términos que nos acercan al mundo de la ciencia, mundo en el que el trabajo, la constancia, el estudio, la pasión e inclusive el azar han estado siempre presentes y son necesarios para la consecución de proezas que perdurarán para siempre en la historia.
No quiero ponerme demasiado épico, pero si aún estás leyendo esto y has llegado hasta aquí, no sólo me comprendes sino que además existe un vínculo invisible entre nosotros que nos separa del resto de los mortales. Nosotros invertimos nuestro tiempo, nuestra pasión y nuestras ilusiones para sencillamente conseguir la felicidad de nosotros, de todo aquel que comparta el gran momento de alimentarse en grupo y de quien quiera seguir nuestros pasos y leer nuestras recetas.
Un amante enamorado de la música se acercó al pianista después del concierto, y desde la tranquilidad y la privacidad le comentó con lágrimas en los ojos, 'daría media vida por tocar el piano como tú lo haces' y el pianista le contestó con voz suave pero firme, '¿y qué crees que he dado yo?'.
Toda aquel que gasta su tiempo en mejorar lo desapercibido merece respeto eterno, acierte o no en sus intentos. Lo que mueve el espíritu es querer un mañana mejor.
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